Leyendas llaneras


La leyenda de la garza morena

Es este animal uno de los más característicos del llano; el color de su plumaje es gris azul, menos el pecho, que es de un blanco ocroso. Duerme junto a los árboles ribereños; su canto son tres o cuatro graznidos que resuenan (a horas fijas), como las campanas de un reloj.

La leyenda, contada por el escritor araucano Raul Loyo Rojas dice así: fue en los remotos días de los primeros llaneros cuando la planta morena del mestizaje comenzaba a florecer en la llanura; la tierra era campa y sólo aisladamente se daban bosquecillos de corozo y moriche a las orillas de las aguas. En pocos sitios había matas de palma real.

A la orilla de un bajío tenía su choza uno de aquellos fundadores llaneros; la choza de dos vertientes, era baja y oscura, y se asentaba sobre la tierra negra del declive. Más allá se veía la cañada, de cuyas aguas emergían los tallos del bozú y la campanilla.

Nuestro hombre era cazador y pescador incansable, pasaba los días enteros pendiente del anzuelo, atrapando reses desgaritadas o cazando marranos.

Todo lo contrario, su mujer, era la flojera hecha carne sus movimientos eran tardíos y desganados como los del perezoso que aturde con sus quejidos la tiniebla del monte; sobre todo era incansable dormilona. A pesar de que en aquella soledad la noche comenzaba más temprano, porque el zancudo los hacía recogerse cuando el sol todavía estaba alto en el horizonte, ella permanecía en su chinchorro hasta que el sol volvía a aparecer en el horizonte.

Una vez se enfermó uno de los dos retoños que tenían. En la mañana, especialmente, el niño se ponía más inquieto y lloriqueaba llamando a su mamá, pero ella, aunque lo oía, continuaba durmiendo apaciblemente.

Un día, al levantarse encontró muerto al segundo de sus hijos, horas más tarde el hombre regresó de la sabana, no encontró en la casa ni a la mujer ni a los hijos, buscó en las orillas del río, entre morichales, llamándolos a gritos. Apenas el perro compañero deambulaba por las costas de la cañada, pero le tenía miedo a la gente; cuando el amo lo llamaba, le respondía con un gruñido y trotaba hacia los bozuales, enseñando los dientes.

Bueno- se dijo el hombre - esto se acabó. Y decepcionado abandonó el rancho y fue a perderse en la inmensidad de la sabana.

Pasados los años, a la mujer que el día del infortunio se había escondido en la selva por temor al marido, le llegó la muerte, como era de esperarlo, echada en un chinchorro.

Andando despacio, muy despacio, su alma llegó ante Dios. El Señor le increpó su pecado capital y decidió castigarla para siempre. Convirtiéndola en ave, la vistió de medio luto y de un tirón le estiró las piernas, que le quedaron flacas y zancudas, diole de voz un graznido áspero y le puso en la cabeza un manto negro, devolviéndola a la tierra y condenándola a vivir en la orilla de los ríos, junto a los navegantes, que para su tormento encarnan a sus hijos.

Por eso la morena duerme en los árboles ribereños junto a los ranchos, y en castigo por el abandono de sus hijos, pasa insomne la madrugada tañendo la campana fúnebre de su canto.

Sabedores de su tremenda expiación, las gentes llaman a la morena “el reloj de los bongueros”.


Tomado del libro: 
De la tradición y el mito a la literatura llanera. Tercera edición: corregida y ampliada
Autor: Temis Perea Pedroza