Publicado: Julio 02 de 2012 Hora 10:40:44
Por Favián Estrada Vergel.
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Arribaron en aquella ocasión a Arauca un hombre volatín y su hija de quince abriles. Traían maletas con telas de tafetán y curiosidades varias para exponer en las festividades de diciembre. Instalaron el toldo a un costado del puente de maderos y cobertizo (aquel puente sobre el caño Córdoba o caño El Zamuro, como le decían en 1917). Antes habían salido con tambores a pregonar la función y las ventas, así que los vecinos recostados en sus sillas más cómodas, bajo la penumbra fresca de los árboles de almendros, comentaban aquello, de manera que los niños percudidos y escuálidos andaban detrás de los artistas igual que una desordenada tropa.
Vendían tizas chinas para espantar hormigas, ungüentos de baba de caracol y caléndula contra las cicatrices, aceite de pata de buey contra dolores, linaza y concentrado de ciruelas pasas contra los malestares del colon, extracto de orégano contra las inflamaciones, valeriana y pasionaria. A los muchachos les ofrecían canicas de cristal por cientos, boliches de madera con palo y cazoleta, dados y naipes. Relojes de leontina, portarretratos, anillos, ábacos, alicates, gafas, dentaduras, martillos, sacacorchos y tijeras de latón para no tener que jalarse a la brava los pelos de la nariz. Traían espuelas, jaulas y embudos para pesar gallos.
Despacio fueron llegando los parroquianos, vecinos endomingados y grupos en corrillo de sabaneros enfiestados. Venían de las veredas o de los ranchos y casas del pueblo; algunos traían sus bancos para acomodarse mejor y muchos quedaron de pie con una expresión aniñada y feliz.
Sacarías Sarmiento, vendedor y volatinero, era enjuto, de maneras lánguidas (podría decirse que parecía en los puros huesos), pese a ello tenía la fuerza prodigiosa de diez hombres, salida de los confines de una naturaleza que no se le veía por ningún lado, porque hacía actos de saltimbanqui y de resistencia para asombrar a todos con la misma audacia de un taumaturgo. Partía tres bloques de ladrillos juntos con un puño, doblaba varillas imposibles con las manos y molía canicas con los dientes y las tragaba. Alistaba una cuerda fuerte entre dos estacas enterradas y de un salto se subía a un baúl y de otro se montaba sobre la tensa soga trenzada, así que, con habilidad y arte, andaba de espalda con un balancín mohoso y volteaba por los aires dando saltos mortales.
Por: Redacción | 2294 lecturas
Por: Favián Estrada Vergel
Mientras afilaba, el gallo lo rondó varias ocasiones y él lo ahuyentaba con el plano del cuchillo. Pasaba la hoja sobre la superficie lijosa de la piedra y tomaba un trago de ron, el calor bajaba como una lengua culebreandole hasta el vientre, levantándole el ánimo. Rociaba con agua la piedra y pasaba otro sorbo grande de licor. Platicaba al cuchillo con un tono de antigua fraternidad. Hacía pausas a la espera de respuestas, volvía a hablarle con recomendaciones y explicaba con un lenguaje fácil la forma en que iría a ejecutar el encargo, los detalles del hombre del lunar y la ubicación de la casa. El gallo a su vera, a una prudente distancia, torciendo un ojo hacia él, había escuchado malicioso.
Por: Umberto Amaya Luzardo
La tarde que Lorenzo Balta perdió el ojo izquierdo, sintió una pena tan honda, que ensilló su caballo y se fue al monte dispuesto a que nadie lo viera. Se puso tan arisco, que regresaba al rancho bien entrada la noche, y antes de que amaneciera, en lo oscuro todavía, ponía el pié en el estribo y arrancaba de nuevo “para no darle la cara al mundo”.
Era en ese entonces, un mocetón nacido en el fundo “Los Caballos”, que se había ganado una beca y soñaba con ser piloto de vuelos internacionales, pero la viejita donde se alojaba en Arauca, decidió que mejor debería ser cura, y lo mandaron entonces para Yarumal Antioquia, a que estudiara en el seminario de La Paja.
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A la edad de doce años, Paulina Santos, en noches de luna, en una confusión irracional, andaba a cuatro patas y sin calzones por los rincones del cuarto, pegada de las tapias comiendo escarabajos y grillos o retorciéndose sobre la tierra con chillidos y temblores febriles que amedrantaban a las gemelas indígenas, compañeras de aposento, que buscaron al poco tiempo otros lugares menos inseguros donde dormir. Atada de pies y manos, fue encerrada en sus crisis peores porque asaltaba los corrales y recovecos del patio a emprenderla reñida contra gallinas y lechones, matando uno o más de aquellos. Al siguiente día se despertaba sin memoria, alegre y autónoma, desentendida de los sucesos. Los estados fueron cada vez de mayor seriedad. En algunas ocasiones intentaba explicar, sin mayores detalles, que su sangre se encendía y quemaba por dentro, por lo que le diagnosticaron epilepsia.
Entrevista de Eduardo Mantilla Trejos
La casa es solariega. Cuenta con un mango indostánico que se sale de las costuras con esta alegre cosecha. Y con un mamoncillo frondoso que una legión de abejorros levanta en peso. En la casa se invirtieron 37 mil bloques de ladrillo.
Por: Favián Estrada Vergel.
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El médico había pronosticado un par de horas de vida. Al ver que vivía más de la cuenta, viajamos a Europa adonde uno y otro galeno especializado.
Por Favián Estrada Vergel.
Cuando está en la tarima zapateando y bajo los acordes del arpa, el cuatro y las maracas, pocos se atreverían a apostar que tiene 72 años.
La familia ideal: En las casas de los Tamojó, el humo sube al cielo como una ilusión. De las vigas de sus casas cuelgan numerosos canastos hechos con hojas de palma, canastos de mucha utilidad en el transporte de alimentos en una sociedad donde todavía no prima la bolsa plástica. En el zarzo de sus casas, se ven mazorcas tiernas y racimos de plátanos verdes, pintones y maduros. El patio lo adornan árboles de naranjo, toronja, mango, guayaba, mandarina, guama, papaya, coco y mamoncillos. También hay matas de banano, y muy pegado a las casas siembran el tabaco, que secan a la sombra, y una vez seco y envuelto en hojas de plátano, se convierte en cigarrillos.
En la antesala de este informe presento un saludo de afecto y gratitud a los compañeros inmediatos en este proyecto de convivencia y apoyo al pueblo Jitnu. Gracias Sandra Romero, gracias Áliva Diez, gracias Juan Berrío, gracias Viviana Jaramillo y gracias también a los jitnus Jaime Rompiño y Leal Moreno, porque en la identificación de líderes, sus palabras y sus actos son la mejor credencial. Gracias, porque cuando ya muchos pensaban que yo no servía ni para rastrear morrocoyes, ustedes creyeron que podían incluirme en su equipo de trabajo y aquí vamos, con una mano nadando y con la otra cuidando la ropa.
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