Publicado: Mayo 28 de 2012 Hora 00:03:10
Por Favián Estrada Vergel.
Isamar Castillo, sentada en el sofá de su casa con Azur, abril de 1920Conocí a Yasar en una calle del arrabal de Getsemaní mientras él, motivado por los vapores fogosos del aguardiente de caña, bailaba un mapalé con una cuadrilla de negros. A mí me descubrió mal sentada (con las piernas entreabiertas) contemplándolo desde el andén a una hora inapropiada, aún con el traje de colegiala y los libros escolares caídos, y se desligó de la camarilla para ir en mi búsqueda; en tanto que yo, en aquel encantamiento abisal, le permití arrastrarme al fango estrepitoso de una danza de frenesí que apenas había comenzado con sus caderas de marinero furioso. Tenía una de esas miradas que hacía sentir cierta electricidad en la piel, no tanto por su
dureza de ver sino por la manera persuasiva de hacerte pensar en su presencia. Me sonrió moviéndose al ritmo afrocolombiano de los tambores, el canto y el palmoteo, y sentí su fuerza misteriosa, mi pecho se estremeció presa de una sensación placentera desconocida, y me pregunté a mí misma qué me pasaba, por qué una sonrisa y una mirada me habían provocado tantas emociones. Caí de manera inexplicable en un desenfreno de pasión y deseo carnal, promovido por el golpeteo del tambor y el agudo sonido de una caña.
Al despertar en la concisa densidad de un sitio ignoto, a punto de reventárseme la cabeza por la resaca, me vi desnuda, ensangrentadas las piernas, reposando sobre su tórax peludo y formidable de cuarentón de bigotes peninsulares, en la alcoba de un lujoso hotel con vista al océano. No regresé a casa de mis tíos, no volví a verlos jamás (yo era una carga sacada en cara a toda hora). A partir de entonces navegamos por el mar en un recorrido mundial, disfrutando de la apasionante aventura de lo prohibido (literalmente hablando) y del sexo con un hombre que podía ser mi padre.
Después de aquellas andanzas traficando en un submundo de dinero rápido y abundante en mujeres, joyas, obras de arte, plumas de garza, animales, etc., decidimos volver al país para quedar lejos de los enemigos, en extremo peligrosos, que ganó Yasar al liquidar a un naviero egipcio en unos confusos acontecimientos, cuyos detalles describiré fundamentada en la ligera versión de mi marido, porque, con honestidad, sólo los conozco en parte, y —haya sido o no en su propia defensa— sucedió para desgracia nuestra.
Por: Redacción | 1917 lecturas
Por: Favián Estrada Vergel
Mientras afilaba, el gallo lo rondó varias ocasiones y él lo ahuyentaba con el plano del cuchillo. Pasaba la hoja sobre la superficie lijosa de la piedra y tomaba un trago de ron, el calor bajaba como una lengua culebreandole hasta el vientre, levantándole el ánimo. Rociaba con agua la piedra y pasaba otro sorbo grande de licor. Platicaba al cuchillo con un tono de antigua fraternidad. Hacía pausas a la espera de respuestas, volvía a hablarle con recomendaciones y explicaba con un lenguaje fácil la forma en que iría a ejecutar el encargo, los detalles del hombre del lunar y la ubicación de la casa. El gallo a su vera, a una prudente distancia, torciendo un ojo hacia él, había escuchado malicioso.
Por: Umberto Amaya Luzardo
La tarde que Lorenzo Balta perdió el ojo izquierdo, sintió una pena tan honda, que ensilló su caballo y se fue al monte dispuesto a que nadie lo viera. Se puso tan arisco, que regresaba al rancho bien entrada la noche, y antes de que amaneciera, en lo oscuro todavía, ponía el pié en el estribo y arrancaba de nuevo “para no darle la cara al mundo”.
Era en ese entonces, un mocetón nacido en el fundo “Los Caballos”, que se había ganado una beca y soñaba con ser piloto de vuelos internacionales, pero la viejita donde se alojaba en Arauca, decidió que mejor debería ser cura, y lo mandaron entonces para Yarumal Antioquia, a que estudiara en el seminario de La Paja.
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A la edad de doce años, Paulina Santos, en noches de luna, en una confusión irracional, andaba a cuatro patas y sin calzones por los rincones del cuarto, pegada de las tapias comiendo escarabajos y grillos o retorciéndose sobre la tierra con chillidos y temblores febriles que amedrantaban a las gemelas indígenas, compañeras de aposento, que buscaron al poco tiempo otros lugares menos inseguros donde dormir. Atada de pies y manos, fue encerrada en sus crisis peores porque asaltaba los corrales y recovecos del patio a emprenderla reñida contra gallinas y lechones, matando uno o más de aquellos. Al siguiente día se despertaba sin memoria, alegre y autónoma, desentendida de los sucesos. Los estados fueron cada vez de mayor seriedad. En algunas ocasiones intentaba explicar, sin mayores detalles, que su sangre se encendía y quemaba por dentro, por lo que le diagnosticaron epilepsia.
Entrevista de Eduardo Mantilla Trejos
La casa es solariega. Cuenta con un mango indostánico que se sale de las costuras con esta alegre cosecha. Y con un mamoncillo frondoso que una legión de abejorros levanta en peso. En la casa se invirtieron 37 mil bloques de ladrillo.
Por: Favián Estrada Vergel.
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El médico había pronosticado un par de horas de vida. Al ver que vivía más de la cuenta, viajamos a Europa adonde uno y otro galeno especializado.
Por Favián Estrada Vergel.
Cuando está en la tarima zapateando y bajo los acordes del arpa, el cuatro y las maracas, pocos se atreverían a apostar que tiene 72 años.
La familia ideal: En las casas de los Tamojó, el humo sube al cielo como una ilusión. De las vigas de sus casas cuelgan numerosos canastos hechos con hojas de palma, canastos de mucha utilidad en el transporte de alimentos en una sociedad donde todavía no prima la bolsa plástica. En el zarzo de sus casas, se ven mazorcas tiernas y racimos de plátanos verdes, pintones y maduros. El patio lo adornan árboles de naranjo, toronja, mango, guayaba, mandarina, guama, papaya, coco y mamoncillos. También hay matas de banano, y muy pegado a las casas siembran el tabaco, que secan a la sombra, y una vez seco y envuelto en hojas de plátano, se convierte en cigarrillos.
En la antesala de este informe presento un saludo de afecto y gratitud a los compañeros inmediatos en este proyecto de convivencia y apoyo al pueblo Jitnu. Gracias Sandra Romero, gracias Áliva Diez, gracias Juan Berrío, gracias Viviana Jaramillo y gracias también a los jitnus Jaime Rompiño y Leal Moreno, porque en la identificación de líderes, sus palabras y sus actos son la mejor credencial. Gracias, porque cuando ya muchos pensaban que yo no servía ni para rastrear morrocoyes, ustedes creyeron que podían incluirme en su equipo de trabajo y aquí vamos, con una mano nadando y con la otra cuidando la ropa.
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