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La realidad de La Ilusión

Publicado: Noviembre 25 de 2011 Hora 20:01:36

La familia ideal: En las casas de los Tamojó, el humo sube al cielo como una ilusión. De las vigas de sus casas cuelgan numerosos canastos hechos con hojas de palma, canastos de mucha utilidad en el transporte de alimentos en una sociedad donde todavía no prima la bolsa plástica. En el zarzo de sus casas, se ven mazorcas tiernas y racimos de plátanos verdes, pintones y maduros. El patio lo adornan árboles de naranjo, toronja, mango, guayaba, mandarina, guama, papaya, coco y mamoncillos. También hay matas de banano, y muy pegado a las casas siembran el tabaco, que secan a la sombra, y una vez seco y envuelto en hojas de plátano, se convierte en cigarrillos.

Una casa grande y cinco pequeñas componen este caserío ubicado en la comunidad de La Ilusión. En la casa grande viven los abuelos Felipe Tamojó y su mujer, dos ancianos jitnus de los que todavía no usan mosquitero, ni cobija sino que junto al chinchorro, prenden una hoguera para tener calor y para espantar la plaga. Rodeando la casa grande están las otras casitas, habitadas por los dos hermanos, con sus mujeres y sus hijos. También viven dos hermanas, ambas viudas por causa del conflicto armado; una con cuatro hijos y la otra con cinco, muy pequeños todavía. Por caminitos que se meten en el monte se llega a los conucos llenos de maíz retoñado; y mientras crece y se cosecha el maíz (noventa días), siembran rizomas de plátano y sarmientos de yuca, plantas que se demoran entre ocho meses y un año en producir.

Los Tamojó es la familia más retirada de la comunidad de La Ilusión, del resguardo y de todas las comunidades jitnus. Está por allá, en la mamá del por allá, y sin embargo muestran un bonito y pertinente modelo de cómo puede llegar a ser la vida ideal de una familia jitnu, porque todavía viven en casas frescas, que no rompen el paisaje ni esterilizan el suelo, y porque a través de su trabajo y su esfuerzo, mantienen lleno el zarzo de carbohidratos. Las vitaminas se las suministran los árboles del patio y los frutos silvestres que encuentran en el monte y por la carne responden, el conocimiento de montes y ríos, la pericia de los perros y el acierto de sus flechas.

Tienen necesidades urgentes como el resto de los jitnus, viven ávidos de sal, panela y jabón y en lo crudo del invierno y en lo duro del verano, la troja de los plátanos se aliviana como sucede con el resto de su pueblo, pero no son necesidades que entre ellos llamen a lástima y los Tamojó, están lejos todavía de entrar en servidumbre, haciéndole a los colonos oficios mata burros, como lo hace la mayoría de latinos que viajan a Estados Unidos; oficios que en estas regiones del país no son otros que desyerbar potreros, cortar leña, siembra de pasto y limpieza de chiqueros, ocupaciones que muchos indígenas de su resguardo hacen para recibir en trueque un radio, una herramienta, ropa de segunda, o un pago irrisorio en plata.

Todos los días a las dos de la tarde después de atravesar el caño, caminan trescientos metros por un sendero que cobijan guarataros y arrayanes, para llegar a la cancha de la comunidad y jugar el partido de fútbol que por lo general termina empatado y con un abultado marcador: quince-quince. Rayando las cuatro de la tarde, como camaleones de espalda adolorida, arrancan para los conucos, que no son otra cosa que palmares tumbados hace poco; y en medio de los brotes del maíz, con una caña hueca, le beben la sabia fermentada a las palmeras derribadas. Bandadas de pájaros cantan cuando el atardecer se extiende contra el cielo y la salida del primer lucero recompone el tiempo en dos etapas: la media noche y el amanecer de esta familia que, de semi-nómadas y pre-agrarios dan los primeros pasos como agricultores sedentarios.

 

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Por: Umberto Amaya | 1937 lecturas

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